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Llueve y lloro. Todavía desconozco la profundidad del abismo entre ambos relatores. ¿Exige contención, implica desvarío, supone agua amarga o fértil ceniza el discurrir del cielo y de los ojos? Estos, referenciales, precisos, limpios, exigidos; y aquel azul tenue y sereno.

Llora fuera del cuenco de los manantiales el escritor que empieza a serlo, atraído por lo inconmensurable, por lo indecible. María Viejo sabía  que entre la lluvia y el llanto está  la devoción al arte, la huella de la vida, la pincelada carmín que nos dibuja; no solo lo suponía. Ahora se ha muerto.

No se arrojó a la ola del desasimiento ni a la felicidad interpretativa del paso del tiempo zigzagueante, inhóspito para la memoria, salino, mentecato. Sostuvo sobre su delgadez nostálgica un edificio de menta maravilloso, un acueducto sin detritus, una mirada alérgica a la impostura de aquello que nos sobra porque no entendemos lo que falta.

Sin embargo, los siglos de la inteligencia suelen ser breves ¡maldita sea la hora que los pospone a ulteriores recuerdos!

También escribo para mí, y sobre todo para Armando, que ha perdido a María, su esposa. Y así confuso todavía no alcanzo con mis palabras muertas a definir si lluevo o lloro, o si lloro y lluevo. Afirmaría María que las dos cosas.