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Llamar pan al pan y vino al vino significa también encubrir la emergencia del horizonte de sucesos. Más allá que aquí y ahora está el imán del pensamiento, material contrario al simple deseo conformista.
Fluye pensamiento entre los cuernos del mundo de tal modo que yo sé de mi cuerpo tanto como mi cuerpo ignora de mí. La argucia pragmática, contraviniéndose, determina que hablar sea decir, querer decir y decir sin querer, nostradamus consciente del positivismo.
Sin embargo, “arde la nieve” sitúa la cuestión en otros cántaros. Angola, por ejemplo.
En 1982 o así -dado que el tiempo adelanta y atrasa los relojes- visitábamos June y yo los miércoles de un autor infinito que reproducía el diario de cuyo nombre no quiero acordarme aunque continúe moliendo papel español.
June y yo nos perseguíamos fundamentalmente en la lectura de dicho pensamiento, o por mejor decir, en la captura del caracol que escribe “vida y muerte no le han faltado a mi vida”. Era una voz radiada, una fuente expansiva de la parte extra parte que conjuga y enjuaga la fórmula alegría x presencia sin que falte ninguno de los términos.
June relampagueaba en el retrovisor de su Inocenti como lo hacen las nubes que chocan. June amaba a Gabo y yo se lo reprochaba, obstinadamente ciego, leyéndole los dedos que recorrían la página para que el próximo miércoles regresara al campo de batalla y de pluma, para que continuara la operación Carlota, para que no se perdiera en la jungla espantosa del decir sin querer.
Te retengo así sin disparar un tiro. Uno sabe algo de su propio cuerpo, pero ¿sabe el cuerpo algo de uno?
Ni héroe ni santo: caracol, repito. Criatura esencial del pensamiento, del puro oído.